
Acompáñame cuando quieras al rincón de las mentes despiertas, al balcón de las noches abiertas, donde no hay otoños sin primaveras, y el sol siempre está caliente; allá donde no se izan banderas ni se trazan fronteras, y la gente distinta no es diferente.
Acompáñame, si me alcanzas, a la costa de la esperanza, al manantial de mis deseos, donde no se inclina la balanza; donde los feos no son tan feos, ni los guapos son tan guapos; donde los ejecutivos visten de harapos, y la limosna la dan los mendigos; allá donde los cabrones no se disfrazan de amigos; donde mi ilusión no está todavía rota y no existe ni existirá el desamparo; donde la Iglesia está en bancarrota, y los curas están en el paro.
Acompáñame en esta noche de invierno al paraíso de los infiernos, al jardín de lo prohibido, donde prohibir no está permitido; donde lo evidente se pone en duda, y el hábito no es tan maravilloso; donde la sociedad no es muda, y los miserables no son poderosos; donde el bien y el mal no juegan a los dados; donde raro es lo normal, y normal lo raro.
Acompáñame, si tienes narices, a la morada de la osadía, donde las perdices también "comen perdices"; los preceptos son algo superfluos, y se desvanecen las cicatrices; donde los tontos son sólo ingenuos, y los inteligentes también son felices; donde la represión está reprimida, los muertos son sólo el pasado, y los vivos se juegan la vida.
Acompáñame, te lo ruego, por el camino certero; lástima que para llegar al cielo sea necesario morir primero.











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